Desde que mi hermano me dio aquella máquina Kodak, cuando era un niño, el mundo de la fotografía, siempre me interesó y aún conservo un gran número de aquellas primeras fotos cuadradas. Más tarde compré una Werlisa Color y descubrí el ISO, el diafragma, la velocidad de disparo y el error de paralelaje, que terminé por dominar. Acabé con los años, comprando una Yashica Reflex. La fotografía quedó al final en un segundo plano, había otras cosas más urgentes en la vida, de las que tenía que preocuparme, y cuando mi mujer murió, me quedé en stand by.
Dos años después, mi hija me regaló un álbum del Tiger, me dijo que cogiera la Yashica y rellenara ese álbum, con las que yo considerara mis mejores fotos. Leí que había un concurso de espacios naturales y recordé un punto de la carretera que pasa por Punta Entinas, un lugar increíble que descubrí unos años atrás. El primer día que lo vi incluso paré y me bajé del coche. Hice tres fotos y una se clasificó como finalista. Actualmente estoy rellenando mi segundo álbum.
Para mi esa foto y la fotografía se convirtieron en lo que los de ciencias llamamos “Un punto de inflexión”, fue la forma de volver a estar en este mundo.
Me gusta fotografiar detalles de personas, animales y cosas y darles una segunda interpretación cuando le pongo el título a la foto. Me gusta mandar un mensaje, a veces se consigue, otras no. La fotografía de grandes espacios no es mi favorita. Intento hacer lo mismo que en aquella serie de los 70, cuando un marciano toma el cuerpo de un fotógrafo muerto y ve el mundo, a través de la cámara, con otros ojos.
Estoy jubilado, tengo casi 66 años, soy químico aunque prefiero la física y la geología y nunca he ganado un premio. Tengo una hija, doctora en arquitectura. Su tesis fue sobre Lola Álvarez Bravo, fotógrafa también de arquitectura y su defensa de tesis acabó con una foto mía, en grande, ocupando el fondo del escenario. Ese es mi mayor y preciado premio.

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